Somos los árboles del R-66. Somos seiscientos seres vivos que vamos a morir. Nos van a talar, nos van a matar.

Desde hace años intentamos proporcionar belleza, bienestar y armonía al barrio. Protegemos del sol abrasador del verano y oxigenamos las calles. En la medida de nuestras posibilidades, ejercemos una protección esencial frente a la contaminación acústica y atmosférica. Lo pájaros, nuestros amigos, se cobijan en nuestras ramas y nos acompañan en su biodiversidad.

Por todo ello nos creíamos queridos por nuestros vecinos, pero no, parece que algunos vecinos no están contentos con nosotros, porque algunos damos problemas. Lo entendemos, pero, ¿todos nosotros damos problemas?

Cuando nos plantaron, parece ser que nadie pensó cómo eran nuestras raíces, parece que nadie sabía que nuestras semillas producen un polen que puede ser molesto, que pueden provocar alergias o atascar el alcantarillado si no se limpian las calles. Nadie se percató de que algunas de estas calles eran un poco estrechas para nosotros y nadie planificó una iluminación acorde con nuestro ramaje, para que no provocáramos sombras indeseadas. Nadie diseñó una red sanitaria acorde con nuestras raíces y nuestra necesidad de agua. Parece que nadie se dio cuenta de muchas cosas nuestras y eso que traernos hasta aquí y plantarnos no fue gratuito, costamos un dinero, pero nos vieron como elementos decorativos y no se preocuparon de más,  y nosotros, ajenos a esta improvisación, hemos crecido felices pensando que contribuíamos al bienestar de la ciudad.

Siempre supusimos que estábamos a salvo de la incomprensible animadversión arboricida de muchas personas y de las sucesivas corporaciones municipales de esta ciudad.

Sí hemos sabido de cómo talaban, masacraban y destrozaban otros árboles  en distintas zonas de la ciudad, pero nosotros nos creíamos a salvo. Somos los árboles de un barrio residencial, ¿qué podríamos temer de vecinos cultos, de clase media, funcionarios, pequeños empresarios, con profesiones liberales, con hijos bien educados con buenas notas en su selectividad, incluso en sus carreras y masters en el extranjero? En este barrio nos creíamos a salvo. Tenemos compañeros que nos cuentan lo bien que “sus amos” los cuidan en sus jardines privados. Cómo los podan, riegan y abonan. Cómo recogen sus hojas y cortan las raíces que les producen problemas. Nunca tuvimos, por lo tanto, dudas sobre nuestra supervivencia, nos creíamos a salvo de una tala masiva. Pero nos acabamos de enterar de que, quizás y precisamente, por no vivir en otros barrios más desfavorecidos  de nuestra ciudad, por no ser de Aldea Moret, del Junquillo o de Pinilla, estamos mucho más expuestos, corremos mucho más peligro, porque nuestro barrio residencial es poderoso y al Ayuntamiento y a sus técnicos les gusta tener contentos  a sus moradores, entre otras razones quizás porque algunos de ellos, creemos, viven en casas de este barrio.

Nos estamos preguntando si alguien va a cuestionar aquellas gestiones anteriores, y quizás equivocadas, que nos trajeron hasta aquí y que nos hicieron crecer aquí, si alguien conoce cuál será el presupuesto para acabar con nuestras vidas, de qué partida saldrá y quién lo pagará. Nos preguntamos que pensará el resto de la ciudad, esa ciudad en la que sus autoridades hablan de “megaproyectos” verdes y dicen quererla convertir en la Capital Verde Europea, nada menos.

Qué broma pesada, qué despropósito. El aire y el viento nos traen estas noticias contradictorias y no entendemos nada. Solo sabemos que nos quieren matar. No es que quieran talar aquellos que, sin ser directamente su culpa sino de quien allí lo puso y de quien no limpia o poda , haya provocado algún estropicio en alguna casa o en algún acerado. No, nos quieren talar a todos.

Dicen que producimos alergia, nuestras vecinas la arizónicas  nos dicen que ellas también y que sin embargo las mantienen en  límites de sus jardines bordeando sus propiedades. Nuestros compañeros los olivos nos dicen que ellos también originan molestias y están en sus placitas donde el vecindario va a pasear con sus perros y donde se reúnen pandillas de jóvenes a pasar la tarde. Nuestras compañeras las gramíneas  se han solidarizado también con nosotros, a pesar de que ellas saben que no corren peligro; las necesitan en muchos casos para su alimentación básica y, aunque el aire traiga semillas de gramíneas camperas y no cultivadas, saben que contra ellas nada pueden.

Claro que nuestro caso es distinto. Nosotros no damos frutos comestibles, solo hojas y semillas. Sabemos que nuestras hojas caen al suelo y manchan, que hacen peligroso el paseo de niños y mayores si no se retiran y barren de las aceras porque terminan formando una alfombra húmeda y pastosa. Sabemos que nuestras semillas puede convertirse en verdaderos tapones en el alcantarillado si no se limpian las rejillas y las tajeas de las calles. Puede que las raíces de  algunos de nosotros busquen en los suelos bien regados y abonados de los vecinos  la humedad que no encuentran en la calle, penetrando en sus jardines y provocando serias molestias. Pero no es solo culpa nuestra y además no somos todos. Solo algunos.

Sentimos una rabia profunda pero vamos a seguir nuestro ciclo natural. Estamos llenándonos de yemas y brotes nuevos, nuestras hojas aparecerán pronto  y nuestras ramas crecerán. De momento seguiremos intentando combatir el efecto invernadero, dar sombra en verano y revalorizar nuestras calles.

No somos mobiliario urbano. Somos seres vivos y, aunque estamos enraizados y aparentemente inamovibles, queremos protestar y confiamos en que el resto de los vecinos de esta ciudad nos ayudarán a sobrevivir y pelearán por evitar nuestra muerte. Sabemos que alguno de nosotros tendrá que ser sacrificado por la mala planificación y gestión de quien diseñó, construyó o permitió que en esta urbanización nos plantaran y creciéramos, pero pedimos que no nos talen a todos, somos seiscientos, y no todos damos problemas. Pedimos que no permitan que las calles donde viven unas cuantas personas sean propiedad únicamente de ellas. Somos un bien público, damos sombra y protegemos a todas las personas de nuestro entorno. No somos propiedad de ninguna asociación vecinal, ni de ninguna corporación. Somos de la colectividad y formamos parte de ella.

S.O.S.

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