En la planificación del ensanche de Cáceres de finales del XIX se trazó el Paseo de Cánovas en la última década del siglo, como eje principal que uniría la ciudad con la estación de ferrocarril, inaugurada en 1881. Años más tarde, se construyó una gran avenida, que se llamó Avenida de Mayo (hoy Virgen de la Montaña). Fue un avance considerable en las comunicaciones el trazado de esta vía.

Al otro lado del Paseo de Cánovas, y como prolongación de la de Mayo, se abrió una nueva avenida, que se designó como Avenida del Oeste (actual Avenida del General Primo de Rivera).

El alcalde socialista Antonio Canales (durante cuyo ejercicio se trazaron las avenidas mencionadas en este texto) había proyectado prolongar la Avenida del Oeste hasta unos campos del extrarradio de la ciudad conocidos como La Madrila. El proyecto de esa gran vía, de dos avenidas consecutivas, que cruzaría la ciudad de este a oeste, culminada por sendos parques en ambos extremos (en El Rodeo y en La Madrila), se vería definitivamente trucado con la construcción del edificio del Banco de España en 1957.

La Avenida del Oeste enlazaría posteriormente con la actual Avenida Virgen de Guadalupe, cuyo trazado fue de vital importancia para mejorar las vías de comunicación de la ciudad. Con ello se consiguió unir la carretera de Trujillo con la de Salamanca (conocida entonces como carretera de Castilla). Era necesario comunicar entre sí, y con la estación de ferrocarril especialmente, las entradas y salidas a la ciudad, y la construcción de esta avenida supuso abrir el camino a su consecución.

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El Paseo de Cánovas a finales de los años veinte del siglo XX (tarjeta postal). El camino que se ve en primer término se convertiría en la siguiente década en la Avenida del Oeste (actual Primo de Rivera)

La Avenida Virgen de Guadalupe fue designada como Pista del Oeste desde que se abrió oficialmente como vía pública en 1935. La construcción de esta pista fue uno de los proyectos más importantes de cuantos acometió Antonio Canales, en su línea por modernizar la ciudad, por su carácter de nuevo enlace en las vías de comunicación, por una parte, como ya hemos visto, y de descongestión del nuevo ensanche urbano por otra. Con esta nueva avenida se evitaba que el paso de ganado, y de todo tipo de vehículos que cruzaba la ciudad, se hiciera exclusivamente por el Paseo de Cánovas.

En general, la construcción del ensanche de Cáceres fue muy dificultosa, a causa de los grandes desniveles que había en el terreno, especialmente en la Pista del Oeste, ya que hubo que salvar una gran hondonada, que aún se puede observar a ambos lados de la vía.

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El Paseo de las Acacias en los años 50 (Servicio de Información Geográfica del Ayuntamiento de Cáceres)

Y, cuando los árboles pintaron de vida y de verde este paseo, el saber popular le puso un nombre: Paseo de las Acacias, por los árboles que crecían en sus márgenes. Y con ese nombre se siguió y se seguirá conociendo por muchos años.

A partir de los años 60, recibió oficialmente el nombre de Avenida de la Virgen de Guadalupe. En los años 70 se arrancó el primer tramo del bulevar (comprendido entre la Plaza de Hernán Cortés y la calle Viena) y se dejó una fila de palmeras en el centro de la vía, que es justamente la intervención que en el PIMUS (Plan Integral de Movilidad Urbana Sostenible), del Ayuntamiento de Cáceres, se contempla para el resto de la avenida.

El año pasado estuvieron a punto de sucumbir los árboles del centro (solo se hubieran salvado las palmeras), ante la necesidad de habilitar dos carriles de subida y dos de bajada, a causa de las obras del aparcamiento subterráneo en Primo de Rivera, una de cuyas consecuencias fue la muerte anunciada, y ya consumada, de “El Cedro”, un árbol cincuentenario y emblemático en la ciudad.

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El edificio del Banco de España y el emblemático cedro en los años 70 (Archivo Histórico Municipal de Cáceres. Fondo fotográfico)

Afortunadamente, ante la reacción ciudadana, el Ayuntamiento respetó los árboles de esta avenida, y esperamos que los siga respetando y que no la convierta también en un desierto. Ahora, según se cita textualmente en una noticia difundida el pasado día 25 de mayo en la prensa local, “de momento” se va a mantener todo como estaba, pero han de tomar una decisión.

Es una buena oportunidad la que se nos brinda para recuperar el bulevar. No haría falta plantar árboles en él, porque ya los tiene. No habría más que construir un acerado en el centro. Es la solución más barata y más respetuosa con la vegetación, con nuestra salud, con nuestro bienestar y con la legislación vigente. Desde CáceresVerde se reivindica el bulevar, como pulmón y como paisaje. Placer para los sentidos y bienestar para el cuerpo. La tendencia de las ciudades europeas es aliviar el impacto del tráfico en los centros de las ciudades. Echemos a caminar en este sentido.

Hace ya casi un año, con motivo del traslado de “El Cedro”, la alcaldesa prometió que compensaría de la pérdida de arbolado con “dos árboles por cada unidad cortada” (Diario Hoy de 23 de julio de 2015). En el caso del cedro no cabe compensación alguna porque nada va a devolverle la vida, pero no debe preocuparse nuestra regidora de cómo puede compensarnos de esa pérdida porque ya están surgiendo muchas propuestas desde distintos colectivos, como CáceresVerde, y desde el sentir de la calle, que sin duda le estarán llegando a través de los medios de comunicación.

Aunque no era mi intención hablar de los nombres de estas avenidas, sí quiero terminar con un breve comentario acerca de ello: Primo de Rivera era el nombre que tenía la calle Ancha hasta que, en 1931, durante el mandato de Canales, se le puso el nombre de Blasco Ibáñez. Eso sucedió el mismo día en que la Avenida de Armiñán pasó a llamarse Avenida de la República (actual Avenida de España). Tras cada cambio de nombre hay una historia y muchas razones y sinrazones. Mi deseo acerca de la restitución de los nombres originales de las calles (como ha ocurrido con Pintores, Ancha, Barrionuevo, Gran Vía, etc.) es global, y lo expongo desde estas páginas, aunque no sea este el medio adecuado para solicitarlo, porque sé que con ello me hago eco del sentimiento de gran parte de la ciudadanía, que no comprende cómo no se han hecho aún estos cambios. De momento me limitaré a pedir que el nuevo aparcamiento subterráneo se llame Parking del Oeste. Ojalá se le conociera por ese nombre, para recobrar así su origen, o como Parking del Cedro, para reivindicar que queremos una ciudad arbolada.

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