Hace tiempo, en mis primeros años de estudiante de arquitectura, escuché al brillante profesor Sáenz de Oiza contar un fragmento de un relato de Borges, “La historia del guerrero y la cautiva”. En él, un guerrero germano-lombardo, de nombre Droctulft, partía de un lugar oscuro, de una geografía de selvas y ciénagas. Fragmentada y recompuesta en la memoria, la narración, que Oiza hacía a sus alumnos año tras año, seguía de esta manera:

… las guerras lo traen a Rávena y ahí ve algo que no ha visto jamás, o que no ha visto con plenitud. Ve el día y los cipreses y el mármol. Ve un conjunto que es múltiple sin desorden; ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos…

… bruscamente lo ciega y lo renueva esa revelación, la Ciudad. Sabe que en ella será un perro, o un niño, y que no empezará siquiera a entenderla, pero sabe también que ella vale más que sus dioses y que la fe jurada y que todas las ciénagas de Alemania…

… Droctulft abandona a los suyos y pelea por Rávena…

Droctulft, sobrecogido por lo que ve, por la fuerza magnética de aquel espacio ordenado, proporcionado, pleno de luz, de una belleza hasta entonces desconocida para él y construido por los hombres de ese pueblo que pretendía destruir, decide abandonar a los suyos y defender Rávena. Entregando su vida a las espadas de su propia tribu, siente que en ese lugar hay algo superior al mundo del que procede y es incapaz de destruirlo, porque es el lugar en donde en el futuro los suyos merecerán estar. El germano quizás recordara la fascinación que le producía contemplar como las piedras extraídas en algún lugar próximo a su poblado; tras sucesivas transformaciones se convertían en un líquido viscoso que, manipulado con oficio, resultaban bien en útiles para la guerra, bien en aparejos de labranza o pequeños y toscos cubiertos. Lo que allí podía ver, sin embargo, superaba todo lo conocido e imaginado por él. Aquellos hombres, obrando con la misma naturaleza que a él le rodeaba, habían sabido no sólo elaborar nuevos materiales, sino disponerlos de manera que el espacio ahora era modelado por ellos. Un espacio para albergar a los hombres. Ha descubierto la ciudad. Con el tiempo, los suyos acabarán por hacerse ciudadanos en ella.

En otras ocasiones, he podido escuchar y leer este pequeño relato recogido originalmente por Borges. Historiadores, urbanistas, arquitectos,… todos ellos coinciden en que posiblemente sea la descripción más hermosa de lo que debería ser una ciudad. Pero, ¿qué debería ser una ciudad?. Me atrevo a decir que el lugar del triunfo de las aspiraciones más nobles del hombre cuando vive en comunidad.

Imaginemos, al modo de Jean Reno en “Los visitantes”, lo aterrador, —o quizás no— que sería ver aparecer al lombardo en nuestra ciudad, frente a la oscura obra recién terminada de los aparcamientos subterráneos en Primo de Rivera: el desolador espacio lleno de ruidos de máquinas tragadas por la tierra en un extremo y expulsadas por el otro, bocanadas de aire caliente exhaladas por el betún de la ardiente superficie negra, sin vegetación, sin agua que recuerde la vida del bosque,…

Dice un aforismo que la diferencia entre la realidad y la ficción es que a la ficción se le exige coherencia, mientras que la realidad no conoce límites. A Borges le habría resultado difícil encontrar en este Cáceres que se nos pretende imponer, el resorte literario que suscitara la compasión de Droctulft, pero bien pudiera haberlo situado luchando ferozmente, contra esa realidad desatada a la que nos condenan quienes son incapaces de imaginar una ciudad más humana, más civilizada. Una ciudad mejor.

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