Hoy es 20 de julio.

Hoy se cumple exactamente un año de la masacre organizada por el Ayuntamiento de Cáceres en la Avenida Primo de Rivera cuando, justo una semana antes de un pleno extraordinario convocado para el día 27 sobre la conveniencia o no de continuar con la obra del parking, las autoridades decidieron arrasar con los árboles de la avenida para dejar todo “talado y bien talado” antes de dicho pleno. Y montar el teatro del traslado del cedro para intentar revestir el asunto con una inútil capa de “buena voluntad”, mientras la Alcaldesa decía comprometerse “a que la ciudad sea la la capital española más verde, por encima incluso de Vitoria” y continuaba diciendo “el compromiso que yo asumo es el de resarcir ese dolor por la pérdida de los árboles, a mí es a la primera que me duele“.

El 20 de julio de 2015 me pilló iniciando una semana de vacaciones en Portugal, pero antes de salir de mi ciudad tuve ocasión de ver cómo se destrozaban nuestros árboles, algunos de los cuales ni siquiera suponían un problema real para la ejecución del aparcamiento subterráneo (basta ver la imagen que encabeza este artículo para que a uno le entren ganas de llorar).

Ese día me comprometí a que la fecha no fuera olvidada por los cacereños así que, un año después, me encuentro escribiendo este artículo para que sirva como recordatorio de cómo no debe entenderse el progreso de una ciudad.

Casualmente, me encuentro de nuevo en Portugal, concretamente en Lisboa donde todos los días me muero de envidia sana al ver aquí y allá magníficos ejemplares de árboles, centenarios o no, que son admirados, mimados, y amados por los ciudadanos (por cierto, ¿por qué hay tan pocos árboles centenarios en una ciudad tan antigua como Cáceres?).

Ha querido el destino que, además, haya caído en mis manos estos días el libro “As Pequenas Memórias“, de José Saramago. En él leía la otra tarde cómo el escritor se quejaba del arranque de centenares de miles de olivos en su terruño natal como resultado de las políticas agrarias de la Unión Europea, para ser posteriormente sustituidos por interminables plantaciones de maíz híbrido.

Habla Saramago de los pájaros que poblaban las ramas de los olivares y de los lagartos que utilizaban las oquedades de las raíces y de los retorcidos troncos de los olivos como guarida. Y confiesa sentir algo así como una satisfacción maliciosa, una especie de venganza no buscada, cuando oía decir a la gente de su aldea que fue un error haber arrancado los viejos olivares y que, de hecho, se habían vuelto a plantar olivos en aquella zona. Pero los nuevos olivos a que se refiere Saramago no son iguales que los arrancados; son de aquellos que, por mucho tiempo que vivan, siempre serán pequeños y manejables, de los que crecen más deprisa y cuyas aceitunas se cosechan más fácilmente.

Y, entonces, a pesar de alegrarse de la vuelta de los olivares, cuando se da cuenta de que no se trata exactamente de lo mismo, dice Saramago:

“O que não sei é onde se irão meter os lagartos”

Lo que no sé es dónde se irán a meter los lagartos. Exacto.

¿Y los ciudadanos de Cáceres?

Ya sabemos dónde se van a meter más coches en el centro de Cáceres. Lo que no sabemos es bajo qué verde, en qué sombra se irán a meter los ciudadanos de Cáceres cuando, recién estrenado el parking, pasen por las aceras de la Avenida Primo de Rivera.

Y no sólo cuando se inaugure el parking y se reestrene esta avenida con todos los elementos de urbanización ya completos y con los nuevos árboles ya plantados. Aunque pasen cientos de años, mientras exista ese edificio enterrado en ese lugar, no podrá existir ningún árbol donde antes estaba el cedro, ni en toda la curva del edificio adyacente al Múltiples, ni en otros tramos de la avenida ahora ocupados por rampas, escaleras o ascensores.

En todas esas zonas de la avenida, ¿dónde irán a meterse ahora los ciudadanos? Si al menos fuéramos lagartos, algún resquicio podríamos encontrar en las entrañas del aparcamiento, en todas esas partes del mismo que quedarán vacías y sin uso, cubriéndose de polvo, por la mala cabeza de algunos y sencillamente porque maldita la falta que hacían.

Pero hoy, en concreto, sí sé dónde se pueden meter los ciudadanos de Cáceres. Hoy el mejor sitio donde se pueden meter es en el Parque del Príncipe, junto a nuestro cedro muerto, a partir de las 20:00h, para celebrar una Alegre Conmemoración de la Vida.

Vaya con todos los que podáis acudir mi conmemoración desde Lisboa, la ciudad cuyos árboles causan envidia.

 

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